"¿Conoce alguien que haya salido satisfecho de un centro de atención Telcel?". El pobre hombre en la treintena no pudo más que sobar su corbata como respuesta. "Sí", –interrumpe el respiro que el cliente porta como escudo, "aquellos que compran un equipo nuevo". La satisfacción de esos nuevos incautos durará poco.
México no sólo es territorio Telcel, es sus ahorros, sus trabajos, sus sueldos mediocres – y no es que uno no trabaje más de 24 horas al día–, su paciencia, su respeto, su comunicación. Todo México es territorio Telcel por fuerza, por frustración, por tristeza. Nada funciona en esa compañía: ni el servicio telefónico, ni el cobro del mismo, ni sus planes ocultos con números gratuitos. Nada funciona, pero el territorio mexicano sigue allí. Porque salirse implica una "penalización", que cuesta más que la cuota mensual que le cobran; salirse, es desaparecer de la Mátrix; salirse, es recopilar la fortaleza, ser especialista en Kafka, invertir dos horas para escuchar estupideces. El pueblo más triste, ese es el territorio Telcel.
México no sólo es territorio Telcel, es sus ahorros, sus trabajos, sus sueldos mediocres – y no es que uno no trabaje más de 24 horas al día–, su paciencia, su respeto, su comunicación. Todo México es territorio Telcel por fuerza, por frustración, por tristeza. Nada funciona en esa compañía: ni el servicio telefónico, ni el cobro del mismo, ni sus planes ocultos con números gratuitos. Nada funciona, pero el territorio mexicano sigue allí. Porque salirse implica una "penalización", que cuesta más que la cuota mensual que le cobran; salirse, es desaparecer de la Mátrix; salirse, es recopilar la fortaleza, ser especialista en Kafka, invertir dos horas para escuchar estupideces. El pueblo más triste, ese es el territorio Telcel.
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