Pedro Armendáriz (Jr.) tiene cáncer. La Nochebuena fue en un hospital lejos de México, todos juntos y más que revueltos: sus amores, sus hijos, los que no lo eran pero son, los nietos que todo lo son, los yernos, las nueras, las infancias, los finales de año, las necedades, los cariños. Como siempre. Como hace tantos fines de año: Pedro con su voz al mando, con su abrazo al mando, con su imposición al goce al mando.
Mañana de Navidad donde se incrusta el recuerdo: Pedro Armendáriz, aún como presidente de la manoseada, meneada y mangoneada Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, en un escenario. Un smoking impecable. Unos gritos impecables. Una euforia impecable. Era la 51 entega de los premios Ariel, primera vez en el Auditorio Nacional porque el Palacio de Bellas Artes en remodelada tragedia, y la comunidad cinematográfica dispersa, afilada, pero –como siempre– ganosa de esos reconocimientos. Pedro Armendáriz sobre el escenario, baja del escenario, sube otra vez al escenario: la ceremonia no empieza, faltan horas para que eso suceda: y Café Tacvba entona en el ensayo y Pedro con batuta en mano. Gritos impecables: "¡carajo, que no, que así no; primero entra el conductor, luego empiezan a tocar!". Y los tacvbos que se cuadran y que luego se sueltan "Ojalá que llueva café". (Ojalá que Pedro no tuviera cáncer). Y Pedro, en su última ceremonia como presidente, grite que grite, con smoking impecable, vaso con tequila impecable, órdenes impecables, tradición por el protagonismo, impecable. Y no porque la ceremonia hubiese quedado impecable: al contrario: hubo rechifla y hubo Ofelia Medina (con su Atenco) y hubo Carmen Aristégui (con su petición a transparentar la selección de películas) y hubo Tacvba (que nadie entendió) y hubo Ángeles Mastretta (cantando sus millones por un guión) y hubo Árrancame la vida y árrancame el Ariel. Auditorio Nacional lleno, comunidad cinematográfica vacía: porque puro pleito, porque sigue la mata dando de pura envidia de hace tanto tiempo, porque mucha producción pero tampoco tanto público, porque una mujer gana el Ariel y le menta la madre a la Academia, porque tanto ruido y muy poquitas nueces. Pedro se despide de la presidencia. El escenario se achica, se agranda, el tequila sigue impecable y él, por supuesto, que también. Al terminar la ceremonia, tras bambalinas, Pedro y Ofelia se abrazan –como siempre–, discuten –como siempre–, se separan y se juntan –como siempre. En el lobby todos en queja y Pedro sobre el escenario que no saldrá a escucharlas.
Otro recuerdo, el último: Pedro Armendáriz en Bellas Artes, otra vez sobre el escenario, pero esta vez con cerveza y tacos de carnitas. La burla no perdona, y Pedro tampoco. En el homenaje a Jorge Fons ambos se regodean de comer y chorrear salsa en el recinto con trágico final remodelado. Así el cine que ellos hicieron: regodeo de la burla, la provocación –siempre– como vínculo.
Y hay otro Pedro, el más cercano, el de los fines de año, el de convencer a Marco Julio y querer a Marco Julio aunque tan distintos y nunca tan distantes. Los abrazos de Pedro son refugio hace muchos años porque son grandes y generosos, porque no reparan en anunciar que todo, allí, está bien y que todo, allí, alcanzará para rato más de estar bien. Años nuevos donde "¡qué mamadas son esas!, ¡apúrenle con las uvas!, ¡qué barbaridad!, ¡a chingar su madre!, ¡y que ésto que el otro, salud!". Y todos alrededor de su euforia por la vida, por la noche esa que es la última del año y la primera del otro, por todos sus nietos juntos, por todos sus hijos también, por todo lo que está por ocurrir mañana y por esa ceja izquiera levantada, a propósito levantada, para encanto absoluto de la que teclea.
Pedro con cáncer en Nochebuena y las compuertas de las emociones que se abren y viajan en tobogán y se regresan y solicitan: que no, así no Pedro, porque ¿qué va hacer la tropa, tanta tropa en estos días de algo de frío y poco de tí? Y después, la pausa: Como siempre, Pedro, haz lo que quieras: necio impecable.