27 December 2011

2011 que se deshilacha

La escritora chilena Nona Fernández escribe por un asunto de memoria: "Sufro del mal del chileno contemporáneo: se me olvidan las cosas. Los nombres, los rostros, los libros que leí, las situaciones que he vivido, todo se borronea con el tiempo y va a dar al tacho de la basura de mi cabeza, algo parecido al olvido total." Gracias Nona por teclear el remedio - que no la cura- contra el olvido y presentarlo, desmenuzado, una mañana de octubre del 2011 que hoy ya deshilacha.

Olvido: miedo que se expande con el tiempo, que se cura con el tiempo, que torna matices con el tiempo. Y entonces, también con el tiempo, se acumulan las notas, las libretas, los suspiros mentales para curar, a ratos y a cómo se pueda, el olvido. Una libreta azul se abre en Buenos Aires, capital del cielo y de las nubes luminosas, y dispara la receta contra el olvido del 2011:


- un hasta luego radiofónico, con más asombros que fundamentos

- una Patagonia como dios manda y donde sólo él manda

- un imaginario posible cada 15 días

- un viaje al Caribe, provocador de un nuevo deseo

- una cabina de radio donde hay cine cada sábado

- un viaje a Oaxaca, de ida pero no de vuelta

- una melena peinada y vuelta a enredar en alfombras de colores

- unos secretos revoltosos que ya nunca se callan

- unas mujeres encontradas por Ana

- unas angustias curadas del escritorio de Marco
- unas vueltas de tuerca salidas de la jícara
- unos asombros de Tijuana, de Rosarito, de los barcos del norte

- una alianza entre Yunuen y Mariano

- una alianza entre el adiós, hasta luego y el nunca leído detective salvaje

- unos coros de Mátenme porque me muero.

- unas lágrimas jugosas e imparables por un muerto

- unas manzanas al final de la partida

- unos cientos pasos de baile

- un puñado de nueces

- un pizca de final

25 December 2011

Año nuevo en el Pacífico

Pedro Armendáriz (Jr.) tiene cáncer. La Nochebuena fue en un hospital lejos de México, todos juntos y más que revueltos: sus amores, sus hijos, los que no lo eran pero son, los nietos que todo lo son, los yernos, las nueras, las infancias, los finales de año, las necedades, los cariños. Como siempre. Como hace tantos fines de año: Pedro con su voz al mando, con su abrazo al mando, con su imposición al goce al mando.
Mañana de Navidad donde se incrusta el recuerdo: Pedro Armendáriz, aún como presidente de la manoseada, meneada y mangoneada Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, en un escenario. Un smoking impecable. Unos gritos impecables. Una euforia impecable. Era la 51 entega de los premios Ariel, primera vez en el Auditorio Nacional porque el Palacio de Bellas Artes en remodelada tragedia, y la comunidad cinematográfica dispersa, afilada, pero –como siempre– ganosa de esos reconocimientos. Pedro Armendáriz sobre el escenario, baja del escenario, sube otra vez al escenario: la ceremonia no empieza, faltan horas para que eso suceda: y Café Tacvba entona en el ensayo y Pedro con batuta en mano. Gritos impecables: "¡carajo, que no, que así no; primero entra el conductor, luego empiezan a tocar!". Y los tacvbos que se cuadran y que luego se sueltan "Ojalá que llueva café". (Ojalá que Pedro no tuviera cáncer). Y Pedro, en su última ceremonia como presidente, grite que grite, con smoking impecable, vaso con tequila impecable, órdenes impecables, tradición por el protagonismo, impecable. Y no porque la ceremonia hubiese quedado impecable: al contrario: hubo rechifla y hubo Ofelia Medina (con su Atenco) y hubo Carmen Aristégui (con su petición a transparentar la selección de películas) y hubo Tacvba (que nadie entendió) y hubo Ángeles Mastretta (cantando sus millones por un guión) y hubo Árrancame la vida y árrancame el Ariel. Auditorio Nacional lleno, comunidad cinematográfica vacía: porque puro pleito, porque sigue la mata dando de pura envidia de hace tanto tiempo, porque mucha producción pero tampoco tanto público, porque una mujer gana el Ariel y le menta la madre a la Academia, porque tanto ruido y muy poquitas nueces. Pedro se despide de la presidencia. El escenario se achica, se agranda, el tequila sigue impecable y él, por supuesto, que también. Al terminar la ceremonia, tras bambalinas, Pedro y Ofelia se abrazan –como siempre–, discuten –como siempre–, se separan y se juntan –como siempre. En el lobby todos en queja y Pedro sobre el escenario que no saldrá a escucharlas.
Otro recuerdo, el último: Pedro Armendáriz en Bellas Artes, otra vez sobre el escenario, pero esta vez con cerveza y tacos de carnitas. La burla no perdona, y Pedro tampoco. En el homenaje a Jorge Fons ambos se regodean de comer y chorrear salsa en el recinto con trágico final remodelado. Así el cine que ellos hicieron: regodeo de la burla, la provocación –siempre– como vínculo.
Y hay otro Pedro, el más cercano, el de los fines de año, el de convencer a Marco Julio y querer a Marco Julio aunque tan distintos y nunca tan distantes. Los abrazos de Pedro son refugio hace muchos años porque son grandes y generosos, porque no reparan en anunciar que todo, allí, está bien y que todo, allí, alcanzará para rato más de estar bien. Años nuevos donde "¡qué mamadas son esas!, ¡apúrenle con las uvas!, ¡qué barbaridad!, ¡a chingar su madre!, ¡y que ésto que el otro, salud!". Y todos alrededor de su euforia por la vida, por la noche esa que es la última del año y la primera del otro, por todos sus nietos juntos, por todos sus hijos también, por todo lo que está por ocurrir mañana y por esa ceja izquiera levantada, a propósito levantada, para encanto absoluto de la que teclea.
Pedro con cáncer en Nochebuena y las compuertas de las emociones que se abren y viajan en tobogán y se regresan y solicitan: que no, así no Pedro, porque ¿qué va hacer la tropa, tanta tropa en estos días de algo de frío y poco de tí? Y después, la pausa: Como siempre, Pedro, haz lo que quieras: necio impecable.

17 December 2011

Merolico*

Merolico. En la Basílica de Guadalupe —La Villa— hay un merolico. Merolico de día, merolico de noche. Merolico los lunes y hasta los domingos merolico. Merolico por circunstancia, más que por profesión. Ranulfo relata historias o las canta cuando está de buen humor: las más convincentes, las más necesarias, ésas que dan escalofrío porque la culpa se agolpa. Historias que tienen que provocar que la mano de los peregrinos —esporádicos, constantes o frecuentes— entre a los bolsillos, a la bolsa, al monedero para encontrar el suficiente peso para comprar. La compra, lo único que busca Ranuflo de los ojos acongojados de la Basílica. Escapulario chico, mediano o grande, Virgen de Guadalupe con foquitos o sin ellos, Jesucristo de fibra de vidrio, taza con la imagen de Juan Diego en colores brillantes, casi fosforescentes, el anillo de latón, la medalla de casi plata. La compra es lo que pide Ranulfo en su altavoz, por eso sus historias: “se murió embarazada por resbalosa, su madre vino aquí y le llevó la Virgen a su tumba para su perdón”; “era padre de cuatro y se tiró a la botella, su familia lo abandonó, ahora lleva un escapulario para que la Virgen le recuerde que nunca más debe tomar”; “trabajaba en un banco y se robó la caja fuerte, la policía lo encontró: su hermana le llevó la imagen de la Virgen para sentirse menos solo”. Una tras otra, tragedias hilvanadas entre la ficción, la televisión y los relatos que se oyen en la Plaza Mariana. Merolico de día y merolico de noche. Merolico por circunstancia desde los diez años cuando su familia lo dejó. Lo dejó o lo olvidó o lo perdió. Ranulfo ruletea esos verbos en la cabeza: hay días de abandono, hay días de frustración, hay días de coraje, hay días que le da por la esperanza. Porque un día, que era 12, que era diciembre, Ranulfo conoció La Villa. Madrugada de él a los ocho años y de su madre, su hermana, su abuela y su tío en peregrinación desde Guerrero hasta allá. Y allá se le soltó la mano —la de su madre—, luego ya no encontró las enaguas de la abuela, ni los zapatos de plástico de su hermana y el pantalón del tío se perdió. Ranulfo se quedó varado, pies anclados en la plaza esperando el reacomodo de olas de cinco millones de personas. No hubo enaguas, no hubo mano, ya jamás regresó el pantalón del tío. Ranulfo lloró, gritó, pataleó. Una señora, madre de otros, entendió la furia del niño. Lo llevó a la carpa de las cosas perdidas y nadie lo encontró. Protección Civil esperó a que regresaran por él, y nadie lo encontró. Un año, otro, otro más: el niño Ranulfo se hizo frecuente de la Basílica, habitante después, personaje inconfundible más al rato. Encontró trabajo como chillador, como el merolico que recoge historias y las vomita después para generar la compra. Un chillador que lleva 22 años apostando por un 12 de diciembre: aquél que le traiga a su madre, que delineé a su hermana, sostenga a su tío y, por lo menos, recuerde a su abuela. Ranulfo es merolico de la Basílica de Guadalupe, los es por circunstancia más que por profesión.



* Publicado en el periódico semanal Frente. www.frente.com.mx

16 December 2011

Menos de minuto y medio

Aniversario. Una oscura cabina de radio, amplia, limpia, en orden, pero oscura, funciona de madrugada. Oscuridad que se atenúa con la luz de tres televisores. Monitores de la realidad: una, en Europa; otra, en Estados Unidos; una más, en México. Monitores que avientan información, cabina de radio a oscuras en viernes, equipo –completo– listo para emprender la huida. Porque era viernes, filito de la semana que ya termina, inicio del afloje de la cuerda tensa que se tensa a base de sobresaltos. Viernes, cuando un monitor centelleó lo que la razón, la intuición, la experiencia, los callos no pudieron cachar, ni juntos, ni separados: una mujer cruza la avenida repleta de autos, una cámara la mira, camina, luego más rápido, corre, un tiro, otro, muerte. No, asesinato. A Marisela Escobedo la matan en el agujero de la noche, frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, en la Plaza Hidalgo, después de nueve días allí – apenas – de protesta: por su hija, Rubí, muerta (no, asesinada), sin justicia, pura impunidad. Y el monitor avienta información y la adrenalina se vuelve gelatina en el alma. No hay fórmula en el organismo personal, ni colectivo, ni nacional, ni de tribus, que permita entender lo que los ojos miran. Un hombre tira el gatillo contra Marisela Escobedo, otro tira el gatillo y la mata, otro más conduce el auto para llevarse a los asesinos y con ello todo lo demás. Cabina de radio en silencio, cabina de radio intenta romper el silencio, rápida acción y ejecución de crónica –por lo menos–, de semblanza –por lo pronto–, de explicación –para luego es tarde–, de entrevista –a quién sea– , de reacciones –a todo el mundo–. Y el súbito accionar en una cabina de radio que luego revolvió todo y marcó la memoria –siempre– de ese viernes como el inicio de una nueva incertidumbre en México, un fin de año que trajo otro peor, una muerte que cimbró por madre, por ella, por tantos ojos mirando, porque enfrente del Gobierno, porque ya se sabía y no se hizo, porque "carajo, ¡qué desastre¡". El monitor rompe la oscuridad en una cabina de radio, es viernes y en menos de minuto y medio a Marisela Escobedo la matan. La matan. La matan. La matan. La matan.

13 December 2011

Menos peregrinos

Eran menos. Muchos menos peregrinos a la Basílica de Guadalupe - La Villa - el 12 de diciembre de 2011. Cinco millones contó el gobierno de la Ciudad de México. Pero eran menos. Menos que en 1993, cuando fue el último 12 de diciembre de La Villa y Ana Elena con su cadera rota, torcida, mallugada, utilizada a fuerza de sus pasos tan rápidos, siempre veloces pasos. Menos apiñonados peregrinos que en el 2009, la última vuelta de Mariano con su bastón cabeza de perico y zapatos boleados, siempre boleados, aunque los metiera en charcos y Ana fuera sus ojos para guiarlo. Eran menos peregrinos esta vez, menos de rodillas y más a pie porque las distancias ahora son más largas y las cobijas son menos: desde Los Ángeles, desde Chicago, desde más al norte porque del sur ya no se parte para volver, se parte y ya. Menos peregrinos pero el mismo asombro: porque todos juntos apiñonados en la búsqueda, porque los tamales y el atole para evitar la renuncia, porque se llega y se va en un santiamén que se anhelo por un año. Eran menos peregrinos ésta vez: ni Ana Elena, ni Mariano ésta vez.

08 December 2011

Doliendo

La risa cubre el asombro: es la voz multiplicada de la radio que practica la simulación. Un intento por seguir existiendo, a duras penas, en una tierra que está doliendo. Doliendo, en gerundio, como el verbo nuclear que no se detiene y más bien se expande. Matan a los que defienden. Matan a los que hablan. Matan a los que hacen las cosas distintas. Matan a los que desconocen, hombres y mujeres de los que no saben ni el nombre. La ignorancia. Es México. No hay otro nombre, ni otro país. México. No hay otro tiempo, ni otro universo. México, que está doliendo - en gerundio - por todos lados. Y en combinación, la risa. En contraste, la burla. Sólo por no saber qué hacer. Sólo por no encontrar la forma, ni el fondo, que ya está hecho engrudo. La risa cubre el asombro y mezcla el llanto. Que hay que seguir andando, dice Marco Julio, y hay que seguir cambiando dice Ana Elena. Y del dolor hacer trabajo.
Ayer asesinaron a José Trinidad de la Cruz Crisóforo, tenía 74 años. Antes de la muerte alcanzó a decirles a los jóvenes asesinos: "trabajo por la tierra, porque defendamos nuestra tierra". Y los asesinos, jóvenes, ni nombre, ni historia, ni conocimiento por ese hombre al que había que matar. "No hablaré de la muerte de esta tierra", se lee en un libreta. Pero ya no es posible, no me es posible ya (en primera persona).


07 December 2011

Ana y Pablo y Bruno

Pablo no deja a Ana. Tampoco a Bruno. Una relación que comenzó hace seis años cuando Blas, el guionista, los presentó. Pablo se enamoró: primero de ella y ahora, irremediablemente, de él. Pablo no deja a Ana y tampoco a Bruno: una pareja que se ha vuelto tres. Y Ana y Bruno salen todos los días de las mesas de trabajo: ya no son letras que se teclean, ni figuras que se delinean, ni esculturas que se moldean, tampoco son los números que no cuadran porque no más alcanza: son la realidad única de Pablo. Pablo se endeuda y sigue adelante, saca dinero y sigue adelante, no vende su historia y sigue adelante, le da miedo y sigue adelante, presume a sus amigos y sigue adelante, crea y recrea todos los días cómo va a terminar esa película que es animación, que es animada, que se ha vuelto su ánima. Pablo sueña, cada día, mientras en el metrobus Toy Story y Don Gato, dónde se van a colocar sus personajes al terminar esa función. Pablo no deja a Ana y Bruno porque sabe de qué están hechos: pura materia humana, sin nacionalidades ni estratos: el abandono y la compañía y los amigos y los monstruos y la valentía como referencias en la historia, en la personal y en la colectiva. Eso en la pantalla, pero también en el empeño que no se va, que ya nunca se va, por levantar como sea esa película. Pablo no deja Ana y Bruno ya no deja solo a Pablo.